sábado, 25 de febrero de 2017

Corazonada

¾Jero, tengo miedo
¾¿De qué, Rocío?
¾De todo, no me gusta ésta noche
¾No temas, los demás animales están en sus corrales, dormidos
¾No me asusta eso, bien lo sabés
¾¿Entonces qué lo hace?
¾Tengo una corazonada
¾Relajate, la noche se va a terminar pronto y para la mañana todo va a seguir con normalidad, falta al menos una semana

sábado, 11 de febrero de 2017

Sequía

Se giró al escuchar el grito. Hasta a mí me impactó el sonido desgarrador; fue como un alarido de alguien que perdía la vida en una agonía tan breve que expiraba, con aquella exhalación, sin aceptar que se había convertido en la presa cazada. Ella estaba al otro lado del galpón, escondida detrás de los toneles de vino. Yo, que intenté que el tipo no me viera, me escurrí entre los estantes de los cajones donde se almacenaban los corchos. El tipo se detuvo al entrar en el galpón, seguro —creo— de que ni ella ni yo saldríamos de allí con vida.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La rosa del lodazal

Se paró delante de ella. La observó con tristeza. La mirada de esa mujer era bondadosa y benévola; en sus ojos había amor. En el rostro angelical, las mejillas blancas, relajadas, sostenían los labios estirados con suavidad, esbozando una sonrisa que, casi imperceptible, era a su vez clara y amorosa. El labio superior se apoyaba apenas sobre el inferior, con suavidad y delicadeza. Sobre la cabeza, el largo cabello castaño cubierto por un manto blanco, desde la frente hasta la mitad de la espalda, pasaba por encima de los hombros. Las luces a sus espaldas la hacían ver mística, pero a su vez le daban un aura celestial.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La cartera turquesa

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… Lo cierto es que debe ser difícil encontrarlo, pensó mientras navegó por el resultado de la búsqueda en la página web de citas.

Entre aquellas mujeres, solas, encontró a una morocha de ojos negros que lo impactó. Leyó su perfil; buscaba un hombre como él. Para su suerte, estaba en línea. La invitó a chatear y ella aceptó. Chatearon un rato; era separada y no estaba en ninguna relación. Era simpática y se divirtieron mucho chateando, tanto que la invitó a tomar un café y ella aceptó. Quedaron en encontrarse en un bar de Belgrano. "Voy a llevar una cartera turquesa" Le dijo. El pensó que era innecesario porque la reconocería por haberla visto en la foto, pero no dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La máquina rockera del tiempo

El calor era intenso. El sol del mediodía brillaba con fuerza, como si quisiera iluminar todo aquello que permanece encerrado en la oscuridad del olvido. En pleno rayo de sol, en medio de un gentío acelerado, sumamente ocupado e inmerso en sus asuntos de negocios y trabajo, una mujer caminaba con paso lento, por la cortada Enrique Santos Discépolo. Llevaba anteojos negros y una larga cabellera la hacía ver llamativa, como si su pelo fuera la muestra de una rebeldía rockera adolescente, perdida a comienzos de los 70’s, pero que todavía permanecía a flor de piel.

En la vereda, un muchacho delgado, con el cabello largo, un morral tejido, pantalones hawaianos y una musculosa, cantaba acompañado de su guitarra criolla, vieja y con el barniz saltado, lo que hacía que no sonara muy bien. Sin embargo, la voz de aquel jovencito era tan hermosa, que era capaz de llamar la atención aunque estuviera cantando a capella. El muchacho estaba sentado en la vereda del bar “El mordisquito”, que anunciaba que el viernes a la noche, se presentaría Quique Gornatti a tocar. La mujer se detuvo a escuchar al muchacho cantando y lo miró con atención. Verlo al pie del cartel, cantando aquel viejo tema que Pedro y Pablo compusieron cuando él no había nacido y sus padres eran chicos de primaria, era una postal del pasado.

sábado, 29 de octubre de 2016

Herencia familiar

Llegué al puerto de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 31 de Octubre de 1811. La ciudad estaba sumida en el caos, a causa de la amnistía firmada en Montevideo once días antes. Políticos y militares, mezclados con civiles, corrían de un lado a otro como ratas, armados y apresurados.

Semejante revuelta me sirvió para no ser percibido al descender del barco. En el puerto, aguardaba por mí un carruaje que me condujo a la mansión de los Togores, parientes de la viuda del conde de Ayamans, de Palma de Mallorca, que se habían exiliado en el sur de América tras la muerte del conde, en 1791. Una larga mesa, servida con los panellets acostumbrados para esta fecha, esperaba por los comensales. Tomé uno, lo saboreé con placer y me recordó de inmediato a las Baleares, a Palma. Era como estar en casa.

jueves, 27 de octubre de 2016

Black Friday

¡Hey! ¡Por favor! ¡Necesito ayuda! ¡Hey! ¡Aquí! ¡Aquí arriba! ¡Por favor, necesito que me ayuden, no puedo bajar, estoy atrapado acá y no puedo descender si no me ayudan! ¡No tengo manos ni piernas como para descender por mis propios medios! ¡Santo Dios! ¿Acaso nadie me escucha?
No, claro, como van a escuchar mis gritos si tampoco tengo boca. Dios, por favor, apiádate de mí, haz que alguien mire hacia arriba y me vea, no puedo bajar y me estoy perdiendo todo lo que pasa allá abajo. Ahí, debajo de mí, hay un mundo de gente a la que podría alegrar, muchos chicos que podría hacer feliz, que de seguro quisieran jugar conmigo. No puedo creer que me haya sucedido esto, pero lo peor es que nadie siquiera se dio cuenta, están tan concentrados en las compras y los altavoces que anuncian descuentos a cada rato, corriendo de un local a otro para no perdérselos, que ni siquiera notaron que me escapé.

lunes, 22 de agosto de 2016

Cormorán

Súbitamente se escucharon los pasos apresurados avanzando por el corredor. Ezequiel y Mariano se escondieron detrás de la cajonera de archivo; la noche sin luna ayudaba a que el interior del estudio se mantuviera oscuro. Las voces al ritmo de los pasos acelerados invadieron los espacios como si el lugar se estuviera inundando, dejando sin oxígeno a cualquier sobreviviente; —vamos por la derecha, ustedes rodeen la sala, revisen cada rincón, quiero que los encuentren y me los entreguen vivos— decía la voz del teniente, logrando que los dos hombres se sumieran en un pánico creciente que podía traicionarlos.

Sabían que tenían pocas posibilidades de salir ilesos, y decididos, seguros de que no los iban a matar, decidieron jugarse el todo por el todo, la última carta que podía salvarlos o entregarlos. Metieron la mano debajo de los chalecos y tomaron dos granadas, se miraron en silencio pero con seguridad, respiraron hondo, contaron hasta tres, asintieron con la cabeza y salieron de atrás de la cajonera de un salto. Se movieron con cautela, pegando las espaldas a ambos lados de la puerta de la oficina, y sosteniendo las pistolas con la otra mano, esperaron el momento en que todo el batallón hubiera pasado. Mariano tomó entonces la delantera, abrió la puerta, quitó el seguro de la granada y dio un salto que atravesó todo el pasillo. Se puso de pie y los soldados se dieron vuelta en el preciso instante en que cayó la granada entre medio de ellos, y medio segundo más fue suficiente para que la explosión los redujera a pedazos de carne inerte que volaron por todo el corredor.

lunes, 4 de julio de 2016

Ruleta rusa

Gastón tomó el brazo de la novia; la dama, temblorosa en su vestido blanco inmaculado, caminaría por la alfombra roja acompañada por el padrino, hasta los brazos de su prometido, que la esperaba en el altar. El órgano tocó los primeros acordes, y las enormes puertas de madera se abrieron, dando paso a una postal de casamiento que emocionó a Gastón, al recordar su propia ceremonia, cinco años atrás. En aquel entonces, fue él quien esperó a su prometida junto al sacerdote.

Caminaron con lentitud entre los numerosos invitados, que sonrieron y arrojaron besos por el aire a la novia. Antes de llegar al altar, Gisela y Gastón cruzaron las miradas; ella estaba tan emocionada como él, recordando aquella noche en que caminó vestida de blanco por esa misma alfombra. Ambos se unieron en un aura de emoción que duró unos segundos, hasta que Gastón acompañó la mano de la novia para que la tomara su prometido. Se paró al lado de ella en el escalón inferior, en el momento en que giró la cabeza para conocer a la madrina. La dama, parada al lado del novio, dirigió su mirada con atención hacia el sacerdote. Gastón pudo ver en sus ojos la emoción de la hermosa y deslumbrante mujer. Para ella debía ser también muy conmovedor el momento. Elizabeth, la hermana de la novia y madrina del casamiento, era una dama tan hermosa, que no representaba en absoluto la edad que Gastón imaginó que tendría. El vestido azul francia hasta los tobillos y ceñido al cuerpo, que dejaba la espalda totalmente desnuda, exponía un cuerpo armonioso y escultural. Las curvas prominentes de la mujer se dejaban ver con magnífica elegancia, el escote mostraba el misterio de su pecho justo hasta donde comienza la imaginación; el cabello castaño casi rubio, largo y hasta la mitad de la espalda, adornaba un rostro tan delicado que parecía esculpido. El padrino notó la felicidad de la deslumbrante madrina, justo cuando ella giró la cabeza para mirarlo.

viernes, 17 de junio de 2016

Mariposa monarca

Cuenta la leyenda que en tiempos del rey Arturo, donde la magia se mezclaba con el aroma de las flores, un rey desconfiado encargó al viejo mago del bosque, un embrujo que le asegurara la fidelidad de la princesa. Próximamente, su hija se convertiría en reina; el matrimonio sellaría un acuerdo político de alianza y paz entre ambos gobiernos, conveniente para el padre de la hermosa joven. El corazón de la princesa, veinte años menor que el rey viudo que aspiraba su mano, palpitaba por un joven alfarero que vivía en el pueblo. El muchacho había intentado acercarse al carro real cuando el monarca y su hija pasearon por las calles, pero los guardias, que tenían órdenes de asesinar a cualquiera que se acercara a dos metros del carro, no dejaron que se aproximara. Sin embargo, los ojos de su hija miraron al muchacho con frenética pasión, al verlo parado al otro lado de la calle. El joven devolvió las atenciones con el mismo frenesí, inclusive ante los ojos atentos del rey que, atónito por semejante insulto, prohibió que su hija volviera a pasear por las calles del reino.

miércoles, 8 de junio de 2016

Señales

Dicen que solo el siete porciento del lenguaje se transmite a través de la palabra. El cuerpo es el mejor canal de expresión; no miente, nos revela los sentimientos, las dudas, las intenciones, las emociones, afirma o niega con certeza, da señales para acercarse o para alejarse… Solo es cuestión de saber interpretar los gestos. Al fin y al cabo, en nuestro diario habitual, nos manejamos acaso más por señas que por palabras. Como esa señora que levanta la mano en la parada del colectivo, o cuando el limpiavidrios de ocasión junta los dedos índice y pulgar pidiendo una moneda, cuando vemos un trapo naranja que flamea delante nuestro, señalando el único lugar donde estacionar, y hasta descubrimos el fastidio de los automovilistas al verlos gesticular frente a una cola interminable de autos que no avanza. Durante una misión peligrosa, los policías se comunican y coordinan por gestos, para no ser descubiertos por el sonido de la voz. En las pistas de los aeropuertos, el capitán del avión conduce la nave mediante gestos de los señaleros, y las emociones de los fanáticos se exaltan cuando se agita la bandera a cuadros, al cruzar la meta el auto favorito. En las canchas, la hinchada se pone de pie y levanta las manos en señal de festejo por el gol esperado, y en las rutas, un simple dedo pulgar señalando la dirección en que se desea ir, es la esperanza de quienes viajan con la mochila al hombro y los bolsillos vacíos.

jueves, 2 de junio de 2016

Caballo rampante

El anciano encontró la llave en el parasol, del lado del volante. Asombrado, su corazón palpitó fuerte. Aún no lo podía creer; sentado al volante y con la llave en la mano, recordaba a su nieta prometiéndole que un día iba a cumplirle el viejo sueño, y no podía dar crédito a lo que sus ojos veían y sus manos tocaban. Estaba sentado al volante de una Ferrari; el caballo rampante en el volante, era el más claro ejemplo de la euforia del hombre octogenario, que soñó toda su vida con manejar el auto deportivo más famoso y caro del mundo. Hoy, gracias a la promesa —increíble, porque no tenía otra palabra para calificarla— de su nieta, estaba a punto de transformar su viejo sueño en realidad. Su nieta era la novia de un multimillonario empresario del fútbol, y esa noche había asistido a una fiesta en un barrio privado. Tal como lo planeó, envió un remis a buscar a su abuelo, cuando estimó que tendría la situación controlada. El plan era que su novio tomara mucho alcohol, y entonces ya pasado de copas, no se diera cuenta cuando ella le quitara la llave de la máquina de velocidad, para dejarla en el parasol, a mano para su abuelo, que llegaría apenas pasada la medianoche. Junto a la llave, una nota de ella decía: “Por favor abuelo, ten cuidado, y no salgas del barrio cerrado. Disfrutá de tu sueño cumplido. Te quiero”. Los ojos del anciano se humedecieron enseguida, a tal punto que tuvo que secarlos para seguir disfrutando.

sábado, 21 de mayo de 2016

Lo difícil de volver a casa

Salió del ascensor, se aproximó a la puerta y supo que no podría cruzar siquiera la calle; la lluvia era torrencial, y odiaba usar paraguas. Parado junto a los demás, detrás del blindex de las puertas automáticas, Mauro esperó vanamente que la lluvia cediera un poco, al menos para poder ir corriendo hasta el primer techo, y así ir saltando de uno en otro, hasta llegar a la parada del colectivo. En el hall de entrada, muchos de sus compañeros se preparaban con pilotos y aprontaban los paraguas para emprender la misma travesía. Mauro era tímido y además también nuevo en el trabajo, por eso no tenía confianza para acercarse a nadie a quien pedirle que compartiera el paraguas. Permaneció parado en el hall hasta que escuchó una voz que reconoció, y al darse vuelta, supo que la lluvia había sido una bendición; tan solo debía arrojarse a una pileta llena de miedos y nadar en ellos, surcando un mar bravo y de olas aplastantes que solían paralizarlo. Silvana, la compañera del otro extremo del piso, estaba parada junto a él, y al otro lado Javier, su compañero de escritorio. Si bien Mauro hacía apenas una semana que había comenzado a trabajar en esa oficina, se dio cuenta desde el primer día que Javier la miraba con ojos casi libidinosos, y aunque ella era muy simpática, no le correspondía como él deseaba.

La alegre mujer sacó un pequeño paraguas de la cartera. Javier tenía otro en la mano, entonces Mauro pensó que podía ser la oportunidad que necesitaba para romper el primer y tan grueso hielo con esa hermosa dama, que también a él lo deslumbró desde que la vio. Silvana cerró su piloto y abrió el paraguas; se desplegó con tanta fuerza que hasta la sorprendió a ella misma, y de hecho casi golpeó a Mauro en la cara.

lunes, 9 de mayo de 2016

Crónica de una espera interminable

La tormenta cae con furia, como si su enojo quisiera consolarme, hacerme sentir que no estoy solo. Miro por la ventana con melancolía, no creo que ningún cartero trabaje con este diluvio, no creo que pueda recibir la carta esta tarde; sin embargo, la duda me mantiene alerta. Mis ojos están un poco húmedos, no quiero ceder al llanto, sería aceptar que esa carta nunca va a llegar. No quiero admitirlo, me niego a pensar en que eso puede suceder. Mi respiración es lenta, mi cuerpo está pesado, flojo, como si moverme implicara un esfuerzo extra que no me deja manejar mis brazos con soltura.

El abatimiento de la espera me está matando. Sé que podría haber sido distinta nuestra despedida, y reconozco parte de mi culpa, pero no puedo evitar sentirme terrible. Para completar la tragedia de una espera incierta, ni siquiera sé si habrá podido llegar bien, no sé si habrá logrado atravesar la vasta extensión de arena del desierto sin problemas, tampoco hay señal para que pueda recibir la docena de mensajes de texto que le envié. Al menos me consuela que sabe cómo curarse si llegara a sucederle algo, y las medicinas que lleva en su maletín pueden ayudarla.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Crónicas III – El durazno, la lluvia, Walter y el mar

Fueron tan solo cuatro días, pero lo que vivimos nos valió por mucho tiempo. Habíamos pensando en pasar unas cortas vacaciones en la playa, y aprovechando el fin de semana de carnaval, y que los chicos estaban en casa, decidimos viajar, casi sobre la marcha, al mar. Ese verano, había comprado una carpa del tipo canadiense, de esas que parecen un triángulo sostenido por tensores de soga con techo rojo, y paredes de lona verde militar. Los chicos nunca habían ido de viaje en carpa, y tanto mi novia como yo teníamos recuerdos de campings de adolescentes, hace ya varios años atrás; la emoción de la aventura nos dio aún más ganas de viajar, además de volver a ver el mar, que hacía tanto tiempo que no veíamos ninguno de los cuatro.

Así fue que el sábado de carnaval a la mañana llegamos, temprano, muy temprano, a Miramar. Todavía intentando despertarnos, caminamos un poco sin sentido hasta la puerta de la terminal de micros, tomamos un taxi al cual el tipo que coordinaba los autos casi nos despachó como si fuéramos equipaje, y antes de que despertáramos de verdad, estábamos llegando a la puerta del camping “El Durazno”. Luego de registrarnos, armamos la carpa con los chicos mientras ella fue a cargar agua para el termo, y antes de las ocho de la mañana teníamos la carpa armada, el colchón inflado, el mate listo y una docena de facturas. El día estaba lindo; había sol y la temperatura era calurosa. El camping estaba justo frente al mar. En un paseo corto cruzamos la ruta 11 y fuimos a la playa; teníamos la necesidad de meter al menos los pies en el agua, y al caminar otra vez por la arena, la alegría nos inundó el corazón, que latía al compás del vaivén de las olas, avivadas por el viento del este, desde el horizonte, desde donde el sol había salido cálido y radiante, tan solo unas pocas horas antes.

martes, 12 de abril de 2016

Faroles bajo la lluvia

¾¡Pero ese no era el final! —replicó enfurecido el profesor
¾Es que no encontré una manera más adecuada de cerrar la historia —dijo Mariela con temor ante el enojo del docente
¾¡No encontraste manera! A ver, muchachita, ¿para que venimos acá? ¿Acaso creés que tengo tiempo para perder o que todos los demás lo tienen? ¡No se trata de encontrar la manera, se trata de ser coherente con la historia!

El profesor arrojó la pila de hojas sobre la mesa, ofuscado. Se levantó, caminó dos o tres pasos con una mano en la cintura y la otra en la cabeza. Mariela miró la pila de papeles arrojada delante de ella y en sus ojos comenzaron a brotar algunas lágrimas. Se las secó enseguida antes de que el profesor la viera; no quería que además también la retara por llorar. Los otros tres compañeros la vieron pero no dijeron nada. Juan Cruz fue el único que la miró con serenidad, y le hizo un gesto con los ojos cerrados a la mitad, una mueca con la boca, y la cabeza tumbada levemente hacia uno de los hombros. Mariela comprendió lo que su compañero quiso decirle, pero no logró consolarse; había estado trabajando toda la noche en la escena final del relato, que ya de por sí le fue sumamente difícil escribir por lo que representaba, y ahora, al exponerlo, se lo destruyeron. Sintió que no iba a poder contener el estallido de llanto mucho tiempo más, justo cuando Miguel, que estaba sentado de espaldas a la ventana y frente a Mariela, se levantó. —Necesito ir al baño— dijo sin tener realmente dicha necesidad. —Muy bien, diez minutos de descanso— dijo el profesor de bastante mala manera, y entonces Miguel suspiró aliviado. El profesor salió de la habitación antes que él, y apenas cruzó la puerta, Mariela rompió en llanto.

jueves, 7 de abril de 2016

Diciembre del 82

Valeria no era la más linda del grado. Era la más linda de toda la escuela. No había un solo chico desde primero hasta otros séptimos que no gustara de ella. Morocha, delgada, estilizada, de ojos marrones pero increíblemente grandes y luminosos, su cabello lacio y largo hasta la mitad de la espalda, adornaba un rostro que, por bello, parecía esculpido por un artista. La cola parecía la manzana que todos los adanes de la escuela queríamos morder para pecar e irnos al infierno llevados de su mano. Era sin dudas, la más popular del turno mañana, y del de la tarde también, al extremo de que los de ese turno llegaban un rato antes para verla salir. Pero no era popular porque lo había deseado; Valeria era una chica común, sencilla, y hasta se vestía con ropa grande para no mostrarse llamativa. Tenía un grupo de amigas con las que solía estar todo el día, y casi no hablaba con ningún chico, porque cualquiera que se le acercaba la miraba o le hablaba para conquistarla, y ella no deseaba salir con nadie.

sábado, 2 de abril de 2016

Crónicas II - Viajero frecuente

Los carteles anunciaron los arribos y las partidas de los próximos quince minutos. La estación de Retiro estaba tranquila; la gente esa noche esperaba paciente su transporte, y como estaban fuera de temporada, no era tanta la cantidad como en el verano. Promediaba Junio, y Hernán, sentado en las butacas del hall central, estaba atento a los carteles, esperando que anunciaran su ómnibus. Llevaba un bolso un poco más grande que una mochila; era poca la ropa que necesitaba para los dos días que duraría la escapada. Sin embargo, por tan poco tiempo, la distancia que lo separaba del final de su viaje era grande, muchos kilómetros por recorrer lo esperaban en medio de una noche fría y sin estrellas.

Sin mucho ánimo, cansado por el trabajo de la semana y la facultad que lo apremiaba con los parciales de mitad de año, sacó unas hojas y se puso a leer. Las fotocopias estaban llenas de anotaciones en birome, tenían partes del texto rodeadas con trazos que indicaban notas, señaladas con flechas, algunas de ellas sobre los márgenes, y estaban escritas con letra casi ilegible. Hernán no solía escribir a mano; desde que usaba la computadora, la escritura manuscrita fue una costumbre que lentamente comenzó a caer en el olvido. Sostuvo las hojas en las manos, las miró, pero no las vio. Su mente estaba en otro lado, y su corazón, dividido.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Cronicas I - Contrastes de un viaje azul

Quedamos a las 17:30. Pasé a buscarla por el café; de camino a casa, tomaría la mochila y saldríamos a la ruta, a más tardar a las 18. La ciudad estaba repleta de gente, como es habitual en Buenos Aires, pero ese sábado había mucha más. El centro siempre fue un crisol de razas; gente de todo tipo, etnia, estatura, religión, status social… Un paisaje inusitado, bien porteño. La marcha, como la de ese día, con banderas flameantes, mostrando con orgullo los colores del arco iris, se extendió desde la Plaza de Mayo hasta más allá de la 9 de Julio. Ninguno de los dos lo sabíamos, por eso quedamos encerrados en medio de un embotellamiento de un tamaño inimaginado. Nos costó mucho tiempo llegar hasta Rivadavia, y cuando lo logramos, vimos que la policía había cortado el tránsito. Como todos los demás, tomé la avenida más ancha del mundo en contramano, hasta la primera calle en que pudiera doblar hacia el bajo, pero todos pensamos lo mismo, por eso seguí dos cuadras más. Inútil esfuerzo, también esa calle estaba atestada de gente.

lunes, 28 de marzo de 2016

El lápiz mágico


La habitación estaba bañada por un aroma etéreo y encantador, que invitaba a cerrar los ojos y volar. La vela del hornillo, desde un  rincón, iluminaba con suavidad, y el agua mezclada con el aceite emanaba la sutileza del perfume de lavanda y nardo. La lámpara de sal marina, en otro rincón, disolvía delicadamente las sombras de la penumbra. La camilla, en el medio de la habitación, esperaba paciente a los futuros maestros Reiki, y en las sillas alrededor, los presentes, sentados con los ojos cerrados y las manos en posición de rezo, se despojaron de todo pensamiento. La energía del lugar era apacible; daba placer estar ahí. Sentí que la vibración nos elevó a todos, y mi corazón se llenó de gratitud con la vida.