martes, 26 de diciembre de 2017

Las grutas de los chamanes

A veces pienso que, en una vida anterior, debí haber sido indio.

Algo me está sucediendo. La camioneta avanza con tortuosa lentitud y yo, a cada metro que gana, siento el crepitar de mi espíritu, que arde como las llamas del fuego de una hoguera. Hay en mí una queja, un grito sordo, algo de mi ser está reclamando algo; no sé bien qué es, no puedo decirlo y ahora que lo escribo, me doy cuenta que las palabras que dibujo en el papel tampoco dan testimonio justo. Es una sensación tan rara que no pertenece a éste lugar, pero que sin embargo, no hay otro sitio donde pudiera manifestarse. Es etéreo, invisible a los ojos del cuerpo, es como bucear en un océano que no existe pero que, antagónicamente, es tan real que duele.

La rosa seca

Al entrar en la casa de mi madre, sentí un aluvión de emociones, como si una tormenta se desatara sin piedad en mi corazón, azotándolo con truenos y relámpagos tenebrosos. Pasaron veinte años desde que me fui a vivir a Buenos Aires y, desde entonces, solo volví a visitarla en cada cumpleaños, en navidad y la noche en que murió mi padre. Fue tan triste la partida de mi casa como volver a ella. No soportaba la idea de regresar como visita, no era lo que yo hubiera querido para mi vida. Sin embargo, de haberme negado, la situación se hubiera vuelto insostenible.
El viaje fue largo, pero los chicos no parecían estar cansados, al contrario, estaban ansiosos por llegar y ver a la abuela. Mi marido había manejado más de doce horas, pero a pesar del cansancio, al ver a mi madre postrada en la cama, se quedó junto a mí, esperando mi reacción, sabiendo que no tardaría en romper en llanto.

La orquídea negra

Amaneció sentado en posición de loto. El sol iluminó al discípulo que, con dificultad, intentaba día a día superarse a sí mismo. Vanos fueron esfuerzos; el chico huérfano, encontrado en la puerta del templo catorce años atrás, no avanzaba.

Kamu creció entre shaolines. Esa mañana, el muchacho meditaba cuando el maestro se acercó para observarlo. Meneó la cabeza lamentando la pérdida de tiempo. Le tocó el hombro y le dijo que volviera a su catre, que a partir de ese día ya no era necesario seguir madrugando. Kamu no comprendió; el maestro le dijo que desde aquella mañana, ya no continuaría disciplinándolo en el arte del kung fu. Una profunda congoja inundó el corazón del muchacho. Regresó a su catre, tomó un par de pertenencias, las metió en una bolsa y salió del templo. Se fue caminando sin darse vuelta. La ira y la impotencia hicieron que corrieran lágrimas por sus mejillas.

La cosita blanca, las crucecitas negras y la alfombra verde

El ruido es ensordecedor. Miles de almas gritan incesantes, calentando la noche con el fuego de la pasión. Las gradas de cemento sostienen los saltos de esas almas, mientras que, más abajo, los asientos de plástico sirven de apoyo a las caderas de los más serios, los que fueron invitados o los socios vitalicios. En el medio del gran recipiente ovalado de hormigón, de varios metros de altura, de más de una cuadra de largo por casi una de ancho, una enorme alfombra verde espera. En ella, algunas líneas blancas, trazadas con firme precisión, según indica el reglamento, se ven brillantes bajo la luz de las torres de iluminación, encendidas en su totalidad. La noche es fría, pero el calor de la gente eleva tanto la temperatura, que las camperas comienzan a molestar. Las cabezas, cubiertas con lanas de colores, mantienen a algunas calvicies, protegidas pero a su vez envueltas en los colores del corazón. Todo es ansiedad y ésta, pronto se transforma en urgencia. Los gritos se alternan con cantos, música improvisada a capella que baja en forma de aliento, pero a la vez también en forma de insulto a los del hormigón del otro lado. Así, el brillo de las luces y las voces de esas almas, hace olvidar que están en medio de una noche sin Luna.

Botica magitral

Me arrodillé y dejé una rosa sobre la tumba. Guardé silencio; con los muertos es mejor hablar desde el corazón. El mío estaba tan conmocionado que no pudo decir nada, solo latía con fuerza. Permanecí de rodillas frente a la tumba de mi madre y mis ojos volvieron a humedecerse. Sabía que debía irme pronto y que no volvería nunca más; era la despedida. Traté de explicarle que ese muchacho que estaba allí delante de su tumba, en el que yo me había convertido, no era aquel niño que ella soñó, que se transformaría en un hombre de buen corazón, como ella lo hubiera querido.
Era cierto, yo no era aquel hombre que mi madre hubiera querido que fuera, pero lo cierto es que ella no estuvo a mi lado para enseñarme otra forma de vida. Hoy, a veinte años del día en que la encontré con los ojos abiertos e inexpresivos, sin vida, supe que la decisión que tomó me marcó para el resto de la mía.

viernes, 9 de junio de 2017

Margarita

Inspirado en el tango “Margot” de Celedonio Flores, con música de José Ricardo y Carlos Gardel - 1921
https://www.letras.com/edmundo-rivero/margot/

Se llamaba Margarita. Pero no era una perla ni lo parecía; era más bien como una naranja machucada. Cada mañana de aquel invierno de 1921, Margarita bajaba la escalera con un frasco en la mano, echaba veneno para ratas en todos los rincones del conventillo y luego volvía a subir a su cuarto.
Ningún roedor logró sobrevivir a tanto veneno. Y fue realmente mucho, tanto que hasta otros animales también murieron, entre ellos los tres perros de la veinticuatro y la tortuga de la catorce. Nadie supo qué les pasó pero todos imaginaron que era ella la culpable. Luego, algunos seres humanos también comenzaron a sentirse mal.

Los rumores volvieron a correr en el conventillo. Las mujeres se reunían en el patio luego de que la solitaria dama subía a su habitación, a contarse historias acerca de la desdichada mujer de mirada triste.

domingo, 30 de abril de 2017

La Manola

El salón brillaba como si fuera de día. El piso de pinotea, lustrado, parecía plastificado, aunque a principios del siglo XX, eso aún no existía. La iluminación del living provenía de las dos luminarias gigantes que, colgadas en lo alto del techo, desbordaban de caireles. Sobre la derecha, al lado de la ventana, los sillones de terciopelo rojo con bordes dorados, parecían tronos donde solo podían sentarse reyes y reinas. En el centro, la enorme mesa de roble que gobernaba el ambiente rebalsaba de exquisiteces; sostenía además un bol gigante con ponche, rodeado de copas, que esperaba ser degustado por los invitados. Aquella noche, la mansión del barrio de Martínez estaba esplendorosa. El atelier de Estanislao Fuentes, el artista plástico más reconocido de la última década del siglo XIX, aquel julio de 1905, aún brillaba magnánima. En las paredes del lugar, una docena de obras de su autoría, cubrían la cal de la pintura, al igual que en la galería de la entrada de la casa. Los invitados, de un gusto exquisito y alta sensibilidad, se paraban delante de aquellos cuadros para deleitarse, comentar los sentimientos que les inspiraban y, champagne en mano algunos, ponche otros, conversaban orgullosos de ser parte de aquella fiesta, celebrando tener de amigo a semejante artista.

Estanislao se paseó por cada rincón de la mansión. Los grupos de invitados se alegraron cada vez que el pintor se acercó para preguntarles si se sentían a gusto o si precisaban algo. Si bien el dueño del lugar sabía quiénes eran, no estaba demasiado seguro de relacionar los nombres con cada uno de ellos. La fiesta de cumpleaños número cincuenta, fue una nueva oportunidad para demostrar su excentricidad; propuso una reunión donde cada uno de los comensales, a modo de credencial para el ingreso, debía portar un antifaz que le impidiera ser reconocido. Como no podía ser de otra manera, el mismo dueño de casa también portaba una máscara; llevaba en su cabeza el rostro de Leonardo Da Vinci. Los invitados lo felicitaron; la máscara la había pintado él.

jueves, 30 de marzo de 2017

Malas palabras

Durante las elecciones de 2015, en el barrio de Villa Sampdoria, ubicado en la ciudad portuaria y Capital Federal de la República de Chonoquilvania, el vecindario vivía una revolución ideológica por los aires de cambio que se avecinaban. En Chonoquilvania, los presidentes, desde la declaración de la independencia imperialista, en 1955, lucharon por la construcción de una nación libre y autónoma. Las tierras del país son ricas en minerales tales como el Litio, el Uranio, el Oro, la Plata, pero también por debajo del suelo de la nación corren enormes ríos de oro negro. El petróleo siempre fue uno de los principales motivos por los cuales los chonoquilvanos sufrieron grandes flagelos durante siglos de dominación imperialista, que lidiaba guerras contra los intentos de conquista de Medio Oriente. En el cono más austral del continente, la pequeña —e insignificante en comparación a los poderosos del mundo— nación joven, hoy a sesenta años de haber logrado la epopeya más temeraria e importante de su historia, otra vez se batía a duelo entre los mismos habitantes. Villa Sampdoria es un barrio ubicado sobre la costa del río Malaquí, el más ancho del mundo. Los geógrafos dicen que lo es el Rio de la Plata, pero éste tiene unos cinco kilómetros más. Nadie jamás se preocupó en documentarlo; ¿a quién le interesaría una nación con apenas un par de millones de habitantes que además ahora estaba libre del control de los poderosos?

sábado, 25 de febrero de 2017

Corazonada

¾Jero, tengo miedo
¾¿De qué, Rocío?
¾De todo, no me gusta ésta noche
¾No temas, los demás animales están en sus corrales, dormidos
¾No me asusta eso, bien lo sabés
¾¿Entonces qué lo hace?
¾Tengo una corazonada
¾Relajate, la noche se va a terminar pronto y para la mañana todo va a seguir con normalidad, falta al menos una semana

sábado, 11 de febrero de 2017

Sequía

Se giró al escuchar el grito. Hasta a mí me impactó el sonido desgarrador; fue como un alarido de alguien que perdía la vida en una agonía tan breve que expiraba, con aquella exhalación, sin aceptar que se había convertido en la presa cazada. Ella estaba al otro lado del galpón, escondida detrás de los toneles de vino. Yo, que intenté que el tipo no me viera, me escurrí entre los estantes de los cajones donde se almacenaban los corchos. El tipo se detuvo al entrar en el galpón, seguro —creo— de que ni ella ni yo saldríamos de allí con vida.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La rosa del lodazal

Se paró delante de ella. La observó con tristeza. La mirada de esa mujer era bondadosa y benévola; en sus ojos había amor. En el rostro angelical, las mejillas blancas, relajadas, sostenían los labios estirados con suavidad, esbozando una sonrisa que, casi imperceptible, era a su vez clara y amorosa. El labio superior se apoyaba apenas sobre el inferior, con suavidad y delicadeza. Sobre la cabeza, el largo cabello castaño cubierto por un manto blanco, desde la frente hasta la mitad de la espalda, pasaba por encima de los hombros. Las luces a sus espaldas la hacían ver mística, pero a su vez le daban un aura celestial.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La cartera turquesa

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… Lo cierto es que debe ser difícil encontrarlo, pensó mientras navegó por el resultado de la búsqueda en la página web de citas.

Entre aquellas mujeres, solas, encontró a una morocha de ojos negros que lo impactó. Leyó su perfil; buscaba un hombre como él. Para su suerte, estaba en línea. La invitó a chatear y ella aceptó. Chatearon un rato; era separada y no estaba en ninguna relación. Era simpática y se divirtieron mucho chateando, tanto que la invitó a tomar un café y ella aceptó. Quedaron en encontrarse en un bar de Belgrano. "Voy a llevar una cartera turquesa" Le dijo. El pensó que era innecesario porque la reconocería por haberla visto en la foto, pero no dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La máquina rockera del tiempo

El calor era intenso. El sol del mediodía brillaba con fuerza, como si quisiera iluminar todo aquello que permanece encerrado en la oscuridad del olvido. En pleno rayo de sol, en medio de un gentío acelerado, sumamente ocupado e inmerso en sus asuntos de negocios y trabajo, una mujer caminaba con paso lento, por la cortada Enrique Santos Discépolo. Llevaba anteojos negros y una larga cabellera la hacía ver llamativa, como si su pelo fuera la muestra de una rebeldía rockera adolescente, perdida a comienzos de los 70’s, pero que todavía permanecía a flor de piel.

En la vereda, un muchacho delgado, con el cabello largo, un morral tejido, pantalones hawaianos y una musculosa, cantaba acompañado de su guitarra criolla, vieja y con el barniz saltado, lo que hacía que no sonara muy bien. Sin embargo, la voz de aquel jovencito era tan hermosa, que era capaz de llamar la atención aunque estuviera cantando a capella. El muchacho estaba sentado en la vereda del bar “El mordisquito”, que anunciaba que el viernes a la noche, se presentaría Quique Gornatti a tocar. La mujer se detuvo a escuchar al muchacho cantando y lo miró con atención. Verlo al pie del cartel, cantando aquel viejo tema que Pedro y Pablo compusieron cuando él no había nacido y sus padres eran chicos de primaria, era una postal del pasado.

sábado, 29 de octubre de 2016

Herencia familiar

Llegué al puerto de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la noche del 31 de Octubre de 1811. La ciudad estaba sumida en el caos, a causa de la amnistía firmada en Montevideo once días antes. Políticos y militares, mezclados con civiles, corrían de un lado a otro como ratas, armados y apresurados.

Semejante revuelta me sirvió para pasar entre la muchedumbre sin llamar la atención, al descender del barco. En el puerto, aguardaba por mí un carruaje que me condujo a la mansión de los Togores, parientes de la viuda del conde de Ayamans, de Palma de Mallorca, que se habían exiliado en el sur de América tras la muerte del conde, en 1791. Antonio Togores me había enviado una invitación para celebrar la noche de brujas en su mansión del Río de la Plata, con la excusa de volver a verme después de casi veinte años de lejanía. Además de mí, aquella noche asistirían, según me había hecho saber, otros invitados, los que desconocía porque eran amigos y relaciones diplomáticas de Antonio en América. Al llegar, la enorme mansión, construida sobre la ribera del río, lejos del puerto y hacia el norte, guardaba en el seno de la antesala una larga mesa, servida con los panellets acostumbrados para esta fecha, esperando por los comensales que, al parecer, aún no llegaban. Tomé uno, lo saboreé con placer y me recordó de inmediato a las Baleares, a Palma. Era como estar en casa.

jueves, 27 de octubre de 2016

Black Friday

¡Hey! ¡Por favor! ¡Necesito ayuda! ¡Hey! ¡Aquí! ¡Aquí arriba! ¡Por favor, necesito que me ayuden, no puedo bajar, estoy atrapado acá y no puedo descender si no me ayudan! ¡No tengo manos ni piernas como para descender por mis propios medios! ¡Santo Dios! ¿Acaso nadie me escucha?
No, claro, como van a escuchar mis gritos si tampoco tengo boca. Dios, por favor, apiádate de mí, haz que alguien mire hacia arriba y me vea, no puedo bajar y me estoy perdiendo todo lo que pasa allá abajo. Ahí, debajo de mí, hay un mundo de gente a la que podría alegrar, muchos chicos que podría hacer feliz, que de seguro quisieran jugar conmigo. No puedo creer que me haya sucedido esto, pero lo peor es que nadie siquiera se dio cuenta, están tan concentrados en las compras y los altavoces que anuncian descuentos a cada rato, corriendo de un local a otro para no perdérselos, que ni siquiera notaron que me escapé.

lunes, 22 de agosto de 2016

Cormorán

Súbitamente se escucharon los pasos apresurados avanzando por el corredor. Ezequiel y Mariano se escondieron detrás de la cajonera de archivo; la noche sin luna ayudaba a que el interior del estudio se mantuviera oscuro. Las voces al ritmo de los pasos acelerados invadieron los espacios como si el lugar se estuviera inundando, dejando sin oxígeno a cualquier sobreviviente; —vamos por la derecha, ustedes rodeen la sala, revisen cada rincón, quiero que los encuentren y me los entreguen vivos— decía la voz del teniente, logrando que los dos hombres se sumieran en un pánico creciente que podía traicionarlos.

Sabían que tenían pocas posibilidades de salir ilesos, y decididos, seguros de que no los iban a matar, decidieron jugarse el todo por el todo, la última carta que podía salvarlos o entregarlos. Metieron la mano debajo de los chalecos y tomaron dos granadas, se miraron en silencio pero con seguridad, respiraron hondo, contaron hasta tres, asintieron con la cabeza y salieron de atrás de la cajonera de un salto. Se movieron con cautela, pegando las espaldas a ambos lados de la puerta de la oficina, y sosteniendo las pistolas con la otra mano, esperaron el momento en que todo el batallón hubiera pasado. Mariano tomó entonces la delantera, abrió la puerta, quitó el seguro de la granada y dio un salto que atravesó todo el pasillo. Se puso de pie y los soldados se dieron vuelta en el preciso instante en que cayó la granada entre medio de ellos, y medio segundo más fue suficiente para que la explosión los redujera a pedazos de carne inerte que volaron por todo el corredor.

lunes, 4 de julio de 2016

Ruleta rusa

Gastón tomó el brazo de la novia; la dama, temblorosa en su vestido blanco inmaculado, caminaría por la alfombra roja acompañada por el padrino, hasta los brazos de su prometido, que la esperaba en el altar. El órgano tocó los primeros acordes, y las enormes puertas de madera se abrieron, dando paso a una postal de casamiento que emocionó a Gastón, al recordar su propia ceremonia, cinco años atrás. En aquel entonces, fue él quien esperó a su prometida junto al sacerdote.

Caminaron con lentitud entre los numerosos invitados, que sonrieron y arrojaron besos por el aire a la novia. Antes de llegar al altar, Gisela y Gastón cruzaron las miradas; ella estaba tan emocionada como él, recordando aquella noche en que caminó vestida de blanco por esa misma alfombra. Ambos se unieron en un aura de emoción que duró unos segundos, hasta que Gastón acompañó la mano de la novia para que la tomara su prometido. Se paró al lado de ella en el escalón inferior, en el momento en que giró la cabeza para conocer a la madrina. La dama, parada al lado del novio, dirigió su mirada con atención hacia el sacerdote. Gastón pudo ver en sus ojos la emoción de la hermosa y deslumbrante mujer. Para ella debía ser también muy conmovedor el momento. Elizabeth, la hermana de la novia y madrina del casamiento, era una dama tan hermosa, que no representaba en absoluto la edad que Gastón imaginó que tendría. El vestido azul francia hasta los tobillos y ceñido al cuerpo, que dejaba la espalda totalmente desnuda, exponía un cuerpo armonioso y escultural. Las curvas prominentes de la mujer se dejaban ver con magnífica elegancia, el escote mostraba el misterio de su pecho justo hasta donde comienza la imaginación; el cabello castaño casi rubio, largo y hasta la mitad de la espalda, adornaba un rostro tan delicado que parecía esculpido. El padrino notó la felicidad de la deslumbrante madrina, justo cuando ella giró la cabeza para mirarlo.

viernes, 17 de junio de 2016

Mariposa monarca

Cuenta la leyenda que en tiempos del rey Arturo, donde la magia se mezclaba con el aroma de las flores, un rey desconfiado encargó al viejo mago del bosque, un embrujo que le asegurara la fidelidad de la princesa. Próximamente, su hija se convertiría en reina; el matrimonio sellaría un acuerdo político de alianza y paz entre ambos gobiernos, conveniente para el padre de la hermosa joven. El corazón de la princesa, veinte años menor que el rey viudo que aspiraba su mano, palpitaba por un joven alfarero que vivía en el pueblo. El muchacho había intentado acercarse al carro real cuando el monarca y su hija pasearon por las calles, pero los guardias, que tenían órdenes de asesinar a cualquiera que se acercara a dos metros del carro, no dejaron que se aproximara. Sin embargo, los ojos de su hija miraron al muchacho con frenética pasión, al verlo parado al otro lado de la calle. El joven devolvió las atenciones con el mismo frenesí, inclusive ante los ojos atentos del rey que, atónito por semejante insulto, prohibió que su hija volviera a pasear por las calles del reino.

miércoles, 8 de junio de 2016

Señales

Dicen que solo el siete porciento del lenguaje se transmite a través de la palabra. El cuerpo es el mejor canal de expresión; no miente, nos revela los sentimientos, las dudas, las intenciones, las emociones, afirma o niega con certeza, da señales para acercarse o para alejarse… Solo es cuestión de saber interpretar los gestos. Al fin y al cabo, en nuestro diario habitual, nos manejamos acaso más por señas que por palabras. Como esa señora que levanta la mano en la parada del colectivo, o cuando el limpiavidrios de ocasión junta los dedos índice y pulgar pidiendo una moneda, cuando vemos un trapo naranja que flamea delante nuestro, señalando el único lugar donde estacionar, y hasta descubrimos el fastidio de los automovilistas al verlos gesticular frente a una cola interminable de autos que no avanza. Durante una misión peligrosa, los policías se comunican y coordinan por gestos, para no ser descubiertos por el sonido de la voz. En las pistas de los aeropuertos, el capitán del avión conduce la nave mediante gestos de los señaleros, y las emociones de los fanáticos se exaltan cuando se agita la bandera a cuadros, al cruzar la meta el auto favorito. En las canchas, la hinchada se pone de pie y levanta las manos en señal de festejo por el gol esperado, y en las rutas, un simple dedo pulgar señalando la dirección en que se desea ir, es la esperanza de quienes viajan con la mochila al hombro y los bolsillos vacíos.

jueves, 2 de junio de 2016

Caballo rampante

El anciano encontró la llave en el parasol, del lado del volante. Asombrado, su corazón palpitó fuerte. Aún no lo podía creer; sentado al volante y con la llave en la mano, recordaba a su nieta prometiéndole que un día iba a cumplirle el viejo sueño, y no podía dar crédito a lo que sus ojos veían y sus manos tocaban. Estaba sentado al volante de una Ferrari; el caballo rampante en el volante, era el más claro ejemplo de la euforia del hombre octogenario, que soñó toda su vida con manejar el auto deportivo más famoso y caro del mundo. Hoy, gracias a la promesa —increíble, porque no tenía otra palabra para calificarla— de su nieta, estaba a punto de transformar su viejo sueño en realidad. Su nieta era la novia de un multimillonario empresario del fútbol, y esa noche había asistido a una fiesta en un barrio privado. Tal como lo planeó, envió un remis a buscar a su abuelo, cuando estimó que tendría la situación controlada. El plan era que su novio tomara mucho alcohol, y entonces ya pasado de copas, no se diera cuenta cuando ella le quitara la llave de la máquina de velocidad, para dejarla en el parasol, a mano para su abuelo, que llegaría apenas pasada la medianoche. Junto a la llave, una nota de ella decía: “Por favor abuelo, ten cuidado, y no salgas del barrio cerrado. Disfrutá de tu sueño cumplido. Te quiero”. Los ojos del anciano se humedecieron enseguida, a tal punto que tuvo que secarlos para seguir disfrutando.