sábado, 17 de febrero de 2018

Villa Las Gárgolas

En el barrio porteño de Villa del Parque, en la calle Campana, con el número 3220, existe una construcción en forma de castillo. En torno a ella, se han tejido un sinnúmero de historias, en su mayoría fantásticas, o no, quedando eso a criterio de quienes las escuchan, pero lo cierto es que pocos han dado claves verídicas de su origen. El “Palacio de los bichos” se ganó el nombre por haber tenido, en tiempos pasados, adornos ornamentales de gárgolas y otros animales. Aquellas figuras, que eran parte de su arquitectura, hoy ya no están, se supone, debido a las refacciones que se le fueron haciendo con el correr de los años. De estilo Ecléctico Neorrománico Italiano, el Palacio de los bichos constituye un enigma acerca de su construcción y el destino para el cual fue levantado. Se sabe que en el año 1906, el castillo ya estaba emplazado donde hoy se erige, en medio de tierras que fueron loteadas y vendidas. Se dice que en aquel entonces, Rafael Giordano, italiano contemporáneo de Antonio Devoto, pudo ser uno de los dueños del lugar. Ciertas leyendas giran en torno al drástico destino de su hija la noche en que se casó, debido a un supuesto accidente de tren y, desde entonces, los hechos de apariciones espectrales, gritos, voces, música y gente dentro del castillo, que estaba supuestamente abandonado, han poblado las leyendas de los lugareños del barrio parquense. Sin embargo, el origen de la mansión es anterior a la llegada del italiano. A ésta época quiero referirme.

Caro corazón

Cuando levantó la vista de la pantalla de su celular, comprendió que el mundo había cambiado. Tanto estaba abstraído que llegó a pensar todo lo que se estaba perdiendo por chatear con sus amigos.

Los ojos de ella, observándolo de manera intencionalmente sensual, lo capturaron de inmediato. Embrujado por aquella mirada, dejó caer el aparato de sus manos sin siquiera darse cuenta. La mujer, semidesnuda, llevaba puesto un conjunto de ropa interior tan transparente, que apenas lograba ocultar los secretos que despertaban las fantasías de él.

Tiempo sin tiempo

Susana esperaba. El tiempo no transcurría pero ella no se daba cuenta. Aun debía adaptarse.
Había visto su vida entera en un tiempo que no fue tiempo; revivió todos esos años que la precedieron hasta hoy, a la vez.

Se movía de un lado a otro, inquieta. Pasaba sobre las tumbas, recorría los pabellones de los nichos, rondaba la Cruz Mayor y luego iba hasta la puerta. Se detenía ahí y esperaba. Yo no podía verla. Ella tampoco a mí; no obstante, sabía que estaba a su lado. Intenté tranquilizarla, traté de que se dejara ir, le mostré que no había ninguna razón para que siguiera pensando, porque además ya no podía pensar. Ella no quería dejar de hacerlo, pero no tenía otra opción. Yo lo sabía y ya estaba acostumbrado. Ahora era ella quien debía comprenderlo.

Cerro Macho

No me subestimes, no me intimida tu grandeza; sé que tenemos una deuda pendiente y no voy a volver —y no vas tampoco a permitirlo— sin antes saldarla. He venido aquí para verte, lo sabes. Como un chamánico misterio estás ahí, esperando desde hace miles, millones de años. Esperando…
El colectivo avanza por la calle de ripio. El día es caluroso; Enero abrazador, a casi mil metros de altura, sol intenso desde que se ha despertado el día, temprano a la mañana. Cada vez me acerco más, podés sentirlo, sabés que voy a buscarte, estás ahí, quieto, esperando, hasta parece que tenés los brazos en jarra, provocándome, retándome, estimulándome. Así se animan los hombres machos. Así, es tu manera de ser. Así, yo mismo te enfrento.

Es martes. La energía del Dios de la guerra, también masculino, traspasa los poros de la piel para meterse en mis entrañas como una sanguijuela que me chupa la sangre y me inyecta adrenalina. A tus pies, la bella Calabalumba te abraza, enamorada, incondicional, omnipresente. ¿Mañana sexista? No, mañana de reencuentros con la esencia individual. El sol, a medida que el ripio se convierte en tierra, calienta el suelo con el mismo enfado que los árboles sacuden su follaje en medio de un viento arremolinado. Este es mi viaje, somos vos y yo, yo y vos. Nos medimos, nos miramos con intensidad, nos buscamos, nos hemos estado esperando.

martes, 26 de diciembre de 2017

Las grutas de los chamanes

A veces pienso que, en una vida anterior, debí haber sido indio.

Algo me está sucediendo. La camioneta avanza con tortuosa lentitud y yo, a cada metro que gana, siento el crepitar de mi espíritu, que arde como las llamas del fuego de una hoguera. Hay en mí una queja, un grito sordo, algo de mi ser está reclamando algo; no sé bien qué es, no puedo decirlo y ahora que lo escribo, me doy cuenta que las palabras que dibujo en el papel tampoco dan testimonio justo. Es una sensación tan rara que no pertenece a éste lugar, pero que sin embargo, no hay otro sitio donde pudiera manifestarse. Es etéreo, invisible a los ojos del cuerpo, es como bucear en un océano que no existe pero que, antagónicamente, es tan real que duele.

La rosa seca

Al entrar en la casa de mi madre, sentí un aluvión de emociones, como si una tormenta se desatara sin piedad en mi corazón, azotándolo con truenos y relámpagos tenebrosos. Pasaron veinte años desde que me fui a vivir a Buenos Aires y, desde entonces, solo volví a visitarla en cada cumpleaños, en navidad y la noche en que murió mi padre. Fue tan triste la partida de mi casa como volver a ella. No soportaba la idea de regresar como visita, no era lo que yo hubiera querido para mi vida. Sin embargo, de haberme negado, la situación se hubiera vuelto insostenible.
El viaje fue largo, pero los chicos no parecían estar cansados, al contrario, estaban ansiosos por llegar y ver a la abuela. Mi marido había manejado más de doce horas, pero a pesar del cansancio, al ver a mi madre postrada en la cama, se quedó junto a mí, esperando mi reacción, sabiendo que no tardaría en romper en llanto.

La orquídea negra

Amaneció sentado en posición de loto. El sol iluminó al discípulo que, con dificultad, intentaba día a día superarse a sí mismo. Vanos fueron esfuerzos; el chico huérfano, encontrado en la puerta del templo catorce años atrás, no avanzaba.

Kamu creció entre shaolines. Esa mañana, el muchacho meditaba cuando el maestro se acercó para observarlo. Meneó la cabeza lamentando la pérdida de tiempo. Le tocó el hombro y le dijo que volviera a su catre, que a partir de ese día ya no era necesario seguir madrugando. Kamu no comprendió; el maestro le dijo que desde aquella mañana, ya no continuaría disciplinándolo en el arte del kung fu. Una profunda congoja inundó el corazón del muchacho. Regresó a su catre, tomó un par de pertenencias, las metió en una bolsa y salió del templo. Se fue caminando sin darse vuelta. La ira y la impotencia hicieron que corrieran lágrimas por sus mejillas.

La cosita blanca, las crucecitas negras y la alfombra verde

El ruido es ensordecedor. Miles de almas gritan incesantes, calentando la noche con el fuego de la pasión. Las gradas de cemento sostienen los saltos de esas almas, mientras que, más abajo, los asientos de plástico sirven de apoyo a las caderas de los más serios, los que fueron invitados o los socios vitalicios. En el medio del gran recipiente ovalado de hormigón, de varios metros de altura, de más de una cuadra de largo por casi una de ancho, una enorme alfombra verde espera. En ella, algunas líneas blancas, trazadas con firme precisión, según indica el reglamento, se ven brillantes bajo la luz de las torres de iluminación, encendidas en su totalidad. La noche es fría, pero el calor de la gente eleva tanto la temperatura, que las camperas comienzan a molestar. Las cabezas, cubiertas con lanas de colores, mantienen a algunas calvicies, protegidas pero a su vez envueltas en los colores del corazón. Todo es ansiedad y ésta, pronto se transforma en urgencia. Los gritos se alternan con cantos, música improvisada a capella que baja en forma de aliento, pero a la vez también en forma de insulto a los del hormigón del otro lado. Así, el brillo de las luces y las voces de esas almas, hace olvidar que están en medio de una noche sin Luna.

Botica magitral

Me arrodillé y dejé una rosa sobre la tumba. Guardé silencio; con los muertos es mejor hablar desde el corazón. El mío estaba tan conmocionado que no pudo decir nada, solo latía con fuerza. Permanecí de rodillas frente a la tumba de mi madre y mis ojos volvieron a humedecerse. Sabía que debía irme pronto y que no volvería nunca más; era la despedida. Traté de explicarle que ese muchacho que estaba allí delante de su tumba, en el que yo me había convertido, no era aquel niño que ella soñó, que se transformaría en un hombre de buen corazón, como ella lo hubiera querido.
Era cierto, yo no era aquel hombre que mi madre hubiera querido que fuera, pero lo cierto es que ella no estuvo a mi lado para enseñarme otra forma de vida. Hoy, a veinte años del día en que la encontré con los ojos abiertos e inexpresivos, sin vida, supe que la decisión que tomó me marcó para el resto de la mía.

viernes, 9 de junio de 2017

Margarita

Inspirado en el tango “Margot” de Celedonio Flores, con música de José Ricardo y Carlos Gardel - 1921
https://www.letras.com/edmundo-rivero/margot/

Se llamaba Margarita. Pero no era una perla ni lo parecía; era más bien como una naranja machucada. Cada mañana de aquel invierno de 1921, Margarita bajaba la escalera con un frasco en la mano, echaba veneno para ratas en todos los rincones del conventillo y luego volvía a subir a su cuarto.
Ningún roedor logró sobrevivir a tanto veneno. Y fue realmente mucho, tanto que hasta otros animales también murieron, entre ellos los tres perros de la veinticuatro y la tortuga de la catorce. Nadie supo qué les pasó pero todos imaginaron que era ella la culpable. Luego, algunos seres humanos también comenzaron a sentirse mal.

Los rumores volvieron a correr en el conventillo. Las mujeres se reunían en el patio luego de que la solitaria dama subía a su habitación, a contarse historias acerca de la desdichada mujer de mirada triste.

domingo, 30 de abril de 2017

La Manola

El salón brillaba como si fuera de día. El piso de pinotea, lustrado, parecía plastificado, aunque a principios del siglo XX, eso aún no existía. La iluminación del living provenía de las dos luminarias gigantes que, colgadas en lo alto del techo, desbordaban de caireles. Sobre la derecha, al lado de la ventana, los sillones de terciopelo rojo con bordes dorados, parecían tronos donde solo podían sentarse reyes y reinas. En el centro, la enorme mesa de roble que gobernaba el ambiente rebalsaba de exquisiteces; sostenía además un bol gigante con ponche, rodeado de copas, que esperaba ser degustado por los invitados. Aquella noche, la mansión del barrio de Martínez estaba esplendorosa. El atelier de Estanislao Fuentes, el artista plástico más reconocido de la última década del siglo XIX, aquel julio de 1905, aún brillaba magnánima. En las paredes del lugar, una docena de obras de su autoría, cubrían la cal de la pintura, al igual que en la galería de la entrada de la casa. Los invitados, de un gusto exquisito y alta sensibilidad, se paraban delante de aquellos cuadros para deleitarse, comentar los sentimientos que les inspiraban y, champagne en mano algunos, ponche otros, conversaban orgullosos de ser parte de aquella fiesta, celebrando tener de amigo a semejante artista.

Estanislao se paseó por cada rincón de la mansión. Los grupos de invitados se alegraron cada vez que el pintor se acercó para preguntarles si se sentían a gusto o si precisaban algo. Si bien el dueño del lugar sabía quiénes eran, no estaba demasiado seguro de relacionar los nombres con cada uno de ellos. La fiesta de cumpleaños número cincuenta, fue una nueva oportunidad para demostrar su excentricidad; propuso una reunión donde cada uno de los comensales, a modo de credencial para el ingreso, debía portar un antifaz que le impidiera ser reconocido. Como no podía ser de otra manera, el mismo dueño de casa también portaba una máscara; llevaba en su cabeza el rostro de Leonardo Da Vinci. Los invitados lo felicitaron; la máscara la había pintado él.

jueves, 30 de marzo de 2017

Malas palabras

Durante las elecciones de 2015, en el barrio de Villa Sampdoria, ubicado en la ciudad portuaria y Capital Federal de la República de Chonoquilvania, el vecindario vivía una revolución ideológica por los aires de cambio que se avecinaban. En Chonoquilvania, los presidentes, desde la declaración de la independencia imperialista, en 1955, lucharon por la construcción de una nación libre y autónoma. Las tierras del país son ricas en minerales tales como el Litio, el Uranio, el Oro, la Plata, pero también por debajo del suelo de la nación corren enormes ríos de oro negro. El petróleo siempre fue uno de los principales motivos por los cuales los chonoquilvanos sufrieron grandes flagelos durante siglos de dominación imperialista, que lidiaba guerras contra los intentos de conquista de Medio Oriente. En el cono más austral del continente, la pequeña —e insignificante en comparación a los poderosos del mundo— nación joven, hoy a sesenta años de haber logrado la epopeya más temeraria e importante de su historia, otra vez se batía a duelo entre los mismos habitantes. Villa Sampdoria es un barrio ubicado sobre la costa del río Malaquí, el más ancho del mundo. Los geógrafos dicen que lo es el Rio de la Plata, pero éste tiene unos cinco kilómetros más. Nadie jamás se preocupó en documentarlo; ¿a quién le interesaría una nación con apenas un par de millones de habitantes que además ahora estaba libre del control de los poderosos?

sábado, 25 de febrero de 2017

Corazonada

¾Jero, tengo miedo
¾¿De qué, Rocío?
¾De todo, no me gusta ésta noche
¾No temas, los demás animales están en sus corrales, dormidos
¾No me asusta eso, bien lo sabés
¾¿Entonces qué lo hace?
¾Tengo una corazonada
¾Relajate, la noche se va a terminar pronto y para la mañana todo va a seguir con normalidad, falta al menos una semana

sábado, 11 de febrero de 2017

Sequía

Se giró al escuchar el grito. Hasta a mí me impactó el sonido desgarrador; fue como un alarido de alguien que perdía la vida en una agonía tan breve que expiraba, con aquella exhalación, sin aceptar que se había convertido en la presa cazada. Ella estaba al otro lado del galpón, escondida detrás de los toneles de vino. Yo, que intenté que el tipo no me viera, me escurrí entre los estantes de los cajones donde se almacenaban los corchos. El tipo se detuvo al entrar en el galpón, seguro —creo— de que ni ella ni yo saldríamos de allí con vida.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La rosa del lodazal

Se paró delante de ella. La observó con tristeza. La mirada de esa mujer era bondadosa y benévola; en sus ojos había amor. En el rostro angelical, las mejillas blancas, relajadas, sostenían los labios estirados con suavidad, esbozando una sonrisa que, casi imperceptible, era a su vez clara y amorosa. El labio superior se apoyaba apenas sobre el inferior, con suavidad y delicadeza. Sobre la cabeza, el largo cabello castaño cubierto por un manto blanco, desde la frente hasta la mitad de la espalda, pasaba por encima de los hombros. Las luces a sus espaldas la hacían ver mística, pero a su vez le daban un aura celestial.

viernes, 11 de noviembre de 2016

La cartera turquesa

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… Lo cierto es que debe ser difícil encontrarlo, pensó mientras navegó por el resultado de la búsqueda en la página web de citas.

Entre aquellas mujeres, solas, encontró a una morocha de ojos negros que lo impactó. Leyó su perfil; buscaba un hombre como él. Para su suerte, estaba en línea. La invitó a chatear y ella aceptó. Chatearon un rato; era separada y no estaba en ninguna relación. Era simpática y se divirtieron mucho chateando, tanto que la invitó a tomar un café y ella aceptó. Quedaron en encontrarse en un bar de Belgrano. "Voy a llevar una cartera turquesa" Le dijo. El pensó que era innecesario porque la reconocería por haberla visto en la foto, pero no dijo nada.

jueves, 3 de noviembre de 2016

La máquina rockera del tiempo

El calor era intenso. El sol del mediodía brillaba con fuerza, como si quisiera iluminar todo aquello que permanece encerrado en la oscuridad del olvido. En pleno rayo de sol, en medio de un gentío acelerado, sumamente ocupado e inmerso en sus asuntos de negocios y trabajo, una mujer caminaba con paso lento, por la cortada Enrique Santos Discépolo. Llevaba anteojos negros y una larga cabellera la hacía ver llamativa, como si su pelo fuera la muestra de una rebeldía rockera adolescente, perdida a comienzos de los 70’s, pero que todavía permanecía a flor de piel.

En la vereda, un muchacho delgado, con el cabello largo, un morral tejido, pantalones hawaianos y una musculosa, cantaba acompañado de su guitarra criolla, vieja y con el barniz saltado, lo que hacía que no sonara muy bien. Sin embargo, la voz de aquel jovencito era tan hermosa, que era capaz de llamar la atención aunque estuviera cantando a capella. El muchacho estaba sentado en la vereda del bar “El mordisquito”, que anunciaba que el viernes a la noche, se presentaría Quique Gornatti a tocar. La mujer se detuvo a escuchar al muchacho cantando y lo miró con atención. Verlo al pie del cartel, cantando aquel viejo tema que Pedro y Pablo compusieron cuando él no había nacido y sus padres eran chicos de primaria, era una postal del pasado.

sábado, 29 de octubre de 2016

Herencia familiar

Llegué al puerto de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la noche del 31 de Octubre de 1811. La ciudad estaba sumida en el caos, a causa de la amnistía firmada en Montevideo once días antes. Políticos y militares, mezclados con civiles, corrían de un lado a otro como ratas, armados y apresurados.

Semejante revuelta me sirvió para pasar entre la muchedumbre sin llamar la atención, al descender del barco. En el puerto, aguardaba por mí un carruaje que me condujo a la mansión de los Togores, parientes de la viuda del conde de Ayamans, de Palma de Mallorca, que se habían exiliado en el sur de América tras la muerte del conde, en 1791. Antonio Togores me había enviado una invitación para celebrar la noche de brujas en su mansión del Río de la Plata, con la excusa de volver a verme después de casi veinte años de lejanía. Además de mí, aquella noche asistirían, según me había hecho saber, otros invitados, los que desconocía porque eran amigos y relaciones diplomáticas de Antonio en América. Al llegar, la enorme mansión, construida sobre la ribera del río, lejos del puerto y hacia el norte, guardaba en el seno de la antesala una larga mesa, servida con los panellets acostumbrados para esta fecha, esperando por los comensales que, al parecer, aún no llegaban. Tomé uno, lo saboreé con placer y me recordó de inmediato a las Baleares, a Palma. Era como estar en casa.

jueves, 27 de octubre de 2016

Black Friday

¡Hey! ¡Por favor! ¡Necesito ayuda! ¡Hey! ¡Aquí! ¡Aquí arriba! ¡Por favor, necesito que me ayuden, no puedo bajar, estoy atrapado acá y no puedo descender si no me ayudan! ¡No tengo manos ni piernas como para descender por mis propios medios! ¡Santo Dios! ¿Acaso nadie me escucha?
No, claro, como van a escuchar mis gritos si tampoco tengo boca. Dios, por favor, apiádate de mí, haz que alguien mire hacia arriba y me vea, no puedo bajar y me estoy perdiendo todo lo que pasa allá abajo. Ahí, debajo de mí, hay un mundo de gente a la que podría alegrar, muchos chicos que podría hacer feliz, que de seguro quisieran jugar conmigo. No puedo creer que me haya sucedido esto, pero lo peor es que nadie siquiera se dio cuenta, están tan concentrados en las compras y los altavoces que anuncian descuentos a cada rato, corriendo de un local a otro para no perdérselos, que ni siquiera notaron que me escapé.

lunes, 22 de agosto de 2016

Cormorán

Súbitamente se escucharon los pasos apresurados avanzando por el corredor. Ezequiel y Mariano se escondieron detrás de la cajonera de archivo; la noche sin luna ayudaba a que el interior del estudio se mantuviera oscuro. Las voces al ritmo de los pasos acelerados invadieron los espacios como si el lugar se estuviera inundando, dejando sin oxígeno a cualquier sobreviviente; —vamos por la derecha, ustedes rodeen la sala, revisen cada rincón, quiero que los encuentren y me los entreguen vivos— decía la voz del teniente, logrando que los dos hombres se sumieran en un pánico creciente que podía traicionarlos.

Sabían que tenían pocas posibilidades de salir ilesos, y decididos, seguros de que no los iban a matar, decidieron jugarse el todo por el todo, la última carta que podía salvarlos o entregarlos. Metieron la mano debajo de los chalecos y tomaron dos granadas, se miraron en silencio pero con seguridad, respiraron hondo, contaron hasta tres, asintieron con la cabeza y salieron de atrás de la cajonera de un salto. Se movieron con cautela, pegando las espaldas a ambos lados de la puerta de la oficina, y sosteniendo las pistolas con la otra mano, esperaron el momento en que todo el batallón hubiera pasado. Mariano tomó entonces la delantera, abrió la puerta, quitó el seguro de la granada y dio un salto que atravesó todo el pasillo. Se puso de pie y los soldados se dieron vuelta en el preciso instante en que cayó la granada entre medio de ellos, y medio segundo más fue suficiente para que la explosión los redujera a pedazos de carne inerte que volaron por todo el corredor.